¿Debemos tener miedo de la biología y del avance científico o, por el contrario, es posible armonizar una lectura del Génesis con los actuales descubrimientos científicos en el ámbito del estudio del origen de la vida de la biología?
En este artículo el lector podrá encontrar una clara asociación entre la lectura bíblica del Génesis 1:1-2 y los actuales descubrimientos científicos para poder corroborar así su sorprendente armonía.

Evidentemente, el primer error que puede cometer un lector de la Biblia es tratar de imponer una visión científica moderna a un relato que fue transmitido de forma oral en el pueblo hebreo y que fue, posteriormente, puesto por escrito por Moisés (interpretación tradicional) o por uno o más redactores del texto (interpretación crítica moderna).
Dejando de lado disputas sobre la autoría o datación de los textos, centrémonos en lo que nos concierne en este artículo: la interpretación del texto y su concordancia (o no) con los nuevos hallazgos de la ciencia en materia del origen de la vida.
De ahora en adelante, los textos citados son de la Reina-Valera Revisada de 1977 (RVR77) extraídos de la Biblia de Estudio Edición Patrística de la Editorial CLIE; y las palabras en el idioma hebreo de la Reina-Valera Revisada de 1960 (RVR60) de la Editorial Sociedades Bíblicas Unidas; pero siéntase libre si así lo desea de cotejar otras traducciones de los textos sagrados para lo que el análisis de hoy respecta.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.» (Gen. 1:1)
Esta es la idea central de los primeros dos capítulos del Génesis: un solo Dios el cual creó todo lo comprendido en el universo [«los cielos y la tierra»], el cual es antes de todo tiempo y espacio.
Porque si es «en el principio» cuando se produce la creación de todo lo visible, Dios debe estar «antes» de ese principio del todo. Si esto no es así, Dios no pudiera ser creador en el principio y requeriría que tanto Dios como los cielos y la tierra fueran creados en el principio.
En otras palabras, en una sola oración extraemos la eternidad del Creador, por su previa existencia a todo lo creado, y la única fuente creadora de todo lo que vemos, pues crea toda la materia.
En este punto no podemos ver contradicción con la ciencia moderna salvo que interpretemos que la creación de la tierra y los cielos debió ser abrupta y hace unos pocos miles de años de atrás, lo cual el texto no enseña. El término hebreo utilizado aquí para En el principio es b rē(ʾ)·šîṯʹ («bereshit») que no define un marco temporal, sino un principio indeterminado. O como se define en el Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon (1906): «primera fase, paso o elemento en el curso de los acontecimientos; de una cosa»¹.
«Y la tierra estaba desordenada y vacía…» (Gen. 1:2)
El caos, la desolación, la confusión, el desorden que se describen aquí siguen sin aterrizar en un marco temporal determinado. Lo interesante es que el verbo «estaba» que es en hebreo hǒy·ṯā(h)ʹ («hayetah») se encuentra en perfecto hebreo, una forma verbal que sirve para describir un estado o condición existente desde la perspectiva del narrador sin precisar cuánto tiempo llevaba en tal condición².
No debe tampoco sorprendernos que, tras la formación de la tierra y en sus primeras etapas, la Biblia nos presente la imagen de un mundo que se encontraba desordenado e inhóspito.
Desde una perspectiva contemporánea, los intensos procesos físicos, químicos y geológicos pintaban el paisaje de la tierra primitiva como un entorno hostil e incapaz de ser habitable para la vida compleja que más tarde se describirá en el relato.
«…y las tinieblas estaban sobre la superficie del abismo…» (Gen. 1:2)
El relato nos sigue brindando una imagen significativa de la tierra primitiva en la que la oscuridad, en hebreo ḥōʹšěḵ («hosekh»), traducida aquí como «tinieblas«, se encontraba sobre la superficie del abismo ṯehômʹ («tehom»). Las profundidades del abismo no hace referencia al infierno o a un vacío, sino a una gran masa acuosa, a aguas profundas² que dominaban sobre la tierra.

El hecho de que la tierra estuviera cubierta en su gran parte por agua puede sonar a ciencia ficción, pero algunos artículos señalan que los últimos descubrimientos hacen cada vez más plausible que esto fuera el paisaje de la tierra en el principio. Así lo describe Paul Voosen en la prestigiosa revista Science, que afirma que los océanos tenían casi el doble de agua y que esta era suficiente para sumergir a los continentes, superando el tamaño del Everest³.
Experimentos de simulaciones de la atmosfera primitiva como los de Trainer y sus colegas, muestran la posibilidad de una tierra cubierta por una capa densa de aerosoles, es decir, partículas volátiles que conforman una neblina, filtrando así la luz solar que era capaz de llegar a la tierra⁴. Esta neblina sería la que pudiera ser capaz de producir una especie de oscuridad sobre los océanos.
«…y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas…» (Gen. 1:2)
Otro dato llamativo es que el Génesis centre la obra creadora de Dios en el agua. Lo que en este versículo se lee como «moverse sobre», en el hebreo merǎḥěʹp̄ěṯ («merahepet») significa «flotar», «temblar» o «revolotear». De hecho, este mismo verbo es utilizado en Dt. 32:11 para el águila que «revolotea» sobre sus polluelos.
El verbo merahepet se encuentra en el participio activo hebreo, lo que expresa un sujeto estando en el ejercicio continuo e ininterrumpido de una tarea⁵. Por lo que nos encontramos ante una presencia activa de Dios sobre las aguas en las que, parafraseando el comentario bíblico de 1871 de Robert Jamieson: el Espíritu Santo combina, dispone y hace madurar los elementos muertos y discordantes hasta disponerlos en un estado apto para ser el escenario de una nueva creación⁶.
Por supuesto, esta última lectura de la actividad divina sobre los elementos inorgánicos no podríamos demostrarla de forma científica. Sin embargo, basta con reconocer la increíble sofisticación de LUCA, el enorme salto transicional entre química prebiótica y la vida temprana, y la intrincada cuestión de la aparición de los sistemas replicantes en coordinación con las membranas celulares y el metabolismo⁷; para darse cuenta del empuje necesario que tuvo que tener la vida para llegar a lo que hoy es.
Referencias bibliográficas:
- Richard Whitaker et al. (1906). The Abridged Brown-Driver-Briggs Hebrew-English Lexicon of the Old Testament: from A Hebrew and English Lexicon of the Old Testament by Francis Brown, S.R. Driver and Charles Briggs, based on the lexicon of Wilhelm Gesenius (Boston; New York: Houghton, Mifflin and Company).
- Gesenius, W. (1910). Gesenius’ Hebrew grammar (E. Kautzsch, Ed.; A. E. Cowley, Trans., 2nd English ed.). Clarendon Press. (§106).
- Paul Voosen (2021). La Tierra primitiva era un mundo acuático. Science 371,1088-1089
- Trainer, M. G., Pavlov, A. A., DeWitt, H. L., Jimenez, J. L., McKay, C. P., Toon, O. B., & Tolbert, M. A. (2006). Organic haze on Titan and the early Earth. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 103(48), 18035–18042. https://doi.org/10.1073/pnas.0608561103
- Gesenius, W. (1910). Gesenius’ Hebrew grammar (E. Kautzsch, Ed.; A. E. Cowley, Trans., 2nd English ed.). Clarendon Press. (§116).
- Robert Jamieson, A. R. Fausset, & David Brown (1871) Commentary Critical and Explanatory on the Whole Bible.
- Kaçar, B., Williams, T. A., Eme, L., Gogarten, J. P., Sanchez-Baracaldo, P., Spang, A., Aylward, F. O., Travisano, M., Welander, P. V., Huber, J. A., Cooper, V. S., Turner, P. E., Lyons, T. W., Ellington, A. D., Copley, S. D., Koonin, E. V., & Lynch, M. (2026). The origin of life in the light of evolution (arXiv:2605.05464)
